lunes, 30 de noviembre de 2009
La madrugada
«Ésta es tu casa, Isidro, no necesitas pedir permiso para hacer y deshacer, ya conoces las reglas, mis amistades son mis amistades, agarra lo que quieras. No necesitas consultar a nadie, ni a mí ni a Diego, nomás eso faltaba, ya lo sabes». Ya lo sé. En sus circunloquios noté lo ebria que estaba. Pero yo me refería a tu teléfono celular. «También está allí, en la recámara, junto al otro. Cierra la puerta para que no te molestemos, con lo alto que está la música no te vamos a dejar oír, además, quién sabe, a lo mejor necesitas hablar sin que se escuche que estás aquí, mira que hacer una llamada a estas horas: o se trata de una mujer o de un asunto menos importante pero igual de urgente». No, no, no. Nada de eso, le dije sonriendo, voy a llamar a casa para decirle a Tere que voy para allá, que me empareje la puerta. «¿No traes llave?» No. «¿Por?» Ya te contaré. «¿Y no irás a despertar a tu familia por tan poco?» No lo creo, Tere tiene el sueño ligero, contestará luego luego, además puede que Paola y Marilú anden todavía levantadas a estas horas: una está en exámenes finales y la otra no puede dormir desde hace días con tanto trabajo que hay en su oficina. «¿Sigue en Rocco?» Sí, según me cuenta, les están haciendo auditoría y se les junta con las prisas de que quieren sacar un nuevo perfume y tienen que diseñar el lanzamiento desde cero. Todo un show, luego te cuento. Por mis indiscreciones y explicaciones notó lo ebrio que me encontraba. No dijo más, asintió con una sonrisa muerta, palmeándome el pecho. Bajó las escaleras. Cerré la puerta. Noté que nunca antes había estado en esa habitación (obviamente), y que Ivón nunca antes se había permitido la confianza de tocarme.
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