lunes, 30 de noviembre de 2009

El árbol de navidad de don Igor de Abati

Don Igor de Abati era nuestro vecino, vivía en la planta baja del edificio, frente al departamento de la portería. Los dueños lo dejaron instalarse allí porque usaba silla de ruedas. En aquel tiempo la ley no demandaba acondicionar los edificios como ahora para garantizar el acceso a los pisos altos en en silla de ruedas, por lo que difícílmente don Igor de Abati iba a ser alojado igual que cualquier otro inquilino en un piso superior al de la entrada. Lo que sí prohibía terminantemente el reglamento de bomberos del municipio era rentar a personas en sillas de ruedas los departamentos contiguos al cuarto de la caldera. Así que los dueños tenían más bien en la clandestinidad a don Igor, para no entrar en gastos mandando reparar el elevador de servicios, le ofrecieron quedarse allí abajo por media renta y se la congelaron.

Era un vecino muy amable. No recuerdo muchos detalles de su personalidad porque, como es de entenderse, no salía mucho ni frecuentaba a los vecinos. Por lo demás, nosotros en aquel tiempo tampoco nos juntábamos con nadie. En cuanto se corrió por el vencindario la noticia de que a un tío nuestro lo habían encarcelado por fraude bancario, los vecinos, como si hubiesen sido familiares de los banqueros defraudados, nos retiraron su amistad. Se corría el rumor de que don Igor padecía algunas manías relacionadas con el orden, la simetría, el equilibrio y la previsión. Yo no comparto tal hipótesis. Sí, puede que haya sido un hombre ordenado y precavido pero no a causa de un desorden obsesivo-compulsivo sino a causa de que vivía solo y en una silla de ruedas. En esas circunstancias cualquiera encuentra placenteramente efectiva la planeación. Don Igor murió a los pocos años de haber llegado. Al poco tiempo de su muerte comenzamos a conocer algunas bondades de su manía previsora: dejó pagados dos años de renta, su testamento estaba en orden, había finiquitado sus propios servicios funerarios e incluso (y esto es lo que quería contarles) había pagado por adelantado el envío de sus árboles navideños. No sabemos por cuántos años, lo que sí sabemos es que los pagó a una firma alemana que los importa, los trae del aeropuerto y los bota aquí, en la esquina que da al callejón, junto al departamento donde él vivió. Los primeros años que sucedió esto muy pocos nos dimos cuenta. Algún vivo se los robaba. Pero en cuanto se supo de esto, la junta de condóminos decidió quedarse cada año con el árbol. Es justamente ése, el de allá. El barrio coopera de forma espontánea trayéndonos adornos. El edificio sólo costea el servicio de energía eléctrica que consumen las bombillas. ¿No es hermosa la herencia de don Igor de Abati?

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