lunes, 30 de noviembre de 2009
Guerrero de terracota
Aunque eran casi las cuatro de la tarde la estación lucía despoblada. Como de costumbre, entre semana, de regreso a la oficina, después de comer, me enfilaba hacia la punta del andén para tomar el primer vagón. Siempre hay allí alguna que otra banca disponible para poder leer cómodamente el vespertino y enterarnos cómo va el Torneo Apertura. A unos veinte pasos de de ese punto me topé con un hombre cuyo aspecto me recordó a los guerreros de terracota. Parecía haber sido hecho de arena. Al acercarme noté que se trataba de una estatua de tamaño natural. La toqué, un poco confundido y maravillado por el prodigioso acabado (sólo a dos pasos de él uno descubría que ese hombre era en realidad una estatua), un leve roce y, para mi sorpresa y espanto, la estatua se desmoronó. Asustado, lleno de culpa, traté de hacer algo rápidamente, pero el montículo de polvo ya no tenía ninguna forma de reparación. Me alejé a toda prisa, cuidadoso de que nadie me viera. El tren tardó unos minutos, muy largos para mi gusto. No pude leer el vespertino, imaginaba posibles desenlaces: Saldré mañana en un programa de televisión de esos en que la producción gasta bromas a los pasajeros del metro... Un grito desde el comienzo del andén anunciará la llegada de una mujer que ha descubierto con horror el montículo de arena en que ha quedado convertido su marido y tratará de ganarle la carrera al tren, querrá reunir en un abrazo la arena, antes de que el tren la disperse. Pero será muy tarde, nadie puede ganar la carrera contra el tren.
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