jueves, 12 de noviembre de 2009
El verdadero amor
Lo descubrí llorando, sentado frente a su plato de frijoles, sorbiendo el caldo que captaba con una cucharita improvisada con un pellizco de tortilla. Le pregunté qué había pasado. Antes de contestarme se quitó las gafas, se limpió las lágrimas con el filo de su mano, limpió los cristales de las gafas con el paño suelto del chaleco, buscó el pañuelo y se sonó la nariz casi barritando como un viejo elefante, moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro, como escuchando y acompañando una dulce melodìa lejana, imaginaria, como buscando las palabras. Qué pasó, volví a preguntarle. Al fin me respondió: Nada, nada, hombre... es que esta madre está picosísima, chingado, dijo y sonrió señalando despectivamente con un dedo el círculo del plato.
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